Código del Trotamundos

Cuando salimos de nuestro país, los extranjeros somos nosotros. Con este refrán en mente, una actitud correcta caerá por su propio peso.

Los usos y costumbres del país: respetad sus costumbres o creencias aunque os sorprendan. La discreción y la humildad permiten a menudo evitar algún malentendido. Bastará con observar las actitudes de los demás y adaptarse a ellas. Informarse de las tradiciones religiosas resulta siempre interesante. Un atuendo discreto, una sonrisa, algunas palabras en el idioma local, son detalles que facilitan el intercambio y el establecimiento de una verdadera relación. Estos pequeños gestos constituyen un paso hacia el otro. Y somos los visitantes quienes debemos darlo. La consigna: tolerancia y derecho a la diferencia.Visitante/visitado: una relación de fuerzas desequilibrada: el pasado colonial o las abismales desigualdades económicas pueden conllevar tensiones. La diferencia de poder adquisitivo es enorme entre el Norte y el Sur. No exhibáis vuestro dinero, sobre todo billetes grandes, que muchos no habrán tenido jamás entre las manos. 

El turismo sexual: es inadmisible que los occidentales utilicen sus medios económicos para aprovecharse sexualmente de la pobreza. Nuevas leyes permiten perseguir y juzgar en sus países de origen a aquellos culpables de abusos sexuales, especialmente a menores. Apelamos a la conciencia personal y al simple respeto al prójimo. Combatir estos comportamientos es fundamental. Boicotead los establecimientos que favorecen este tipo de relaciones.

 

¿Foto o no foto?: hay que informarse bien sobre la relación que los habitantes del país establecen con esta cuestión. Algunos pueblos consideran que la fotografía roba el alma. Limitaos a fotografiar paisajes o pedid permiso antes de apuntar con vuestro objetivo. No ignoréis la opinión de la gente. No dudéis en apuntar la dirección de la persona retratada para enviarle una copia. Un objeto mágico: dejadle una foto polaroid.

 

© 123RF

 

Cada uno, su traje: querer comprender un país para apreciarlo mejor es una actitud encomiable, pero a veces conviene mantener cierto distanciamiento (que no distancia), permaneciendo en el lugar que nos corresponde. No es preciso llevar un traje beréber para demostrar que nos gusta el país. La idea misma de «imitar» a los habitantes locales será mal recibida. Asimismo, los atuendos demasiado escuetos les resultan a menudo molestos.

 

Cada uno, su ritmo: los viajeros tienen siempre demasiada prisa. No puede verse ni hacerse todo. Hay que aceptar los imprevistos, a menudo más ricos en recuerdos que los periplos sin sorpresas. Las mejores relaciones humanas nacen con el tiempo y no con el dinero. Tomaos tiempo para sonreír, hablar, comunicaros… Ahí radica el secreto de un viaje memorable.

 

Evitar las actitudes moralistas: el trotamundos «aleccionador» resulta molesto. Observad, comparad e informaos antes de expresar opiniones. Y, sobre todo, escuchad.

 

El exotismo adulterado: denunciad a las empresas turísticas que tratan a los autóctonos de forma degradante y rechazad las excursiones que suponen el disfrute de una curiosidad malsana. No alentéis los espectáculos turísticos que adulteran las tradiciones y pervierten a los habitantes.